
Deja de ser perfecto
Estamos agotados. No de trabajar, sino de fingir.
Hoy la Iglesia no nos pide una meta más, nos da un permiso: el de dejar de ser perfectos.
Es un periodo en el cual estamos invitados a dejar por un momento toda esa carga, todo ese estrés de la vida diaria que poco a poco nos va dejando sin fuerzas, nos va dejando sin energía y nos pone en un estado de agotamiento total.
Todo esto pasa sin darnos cuenta porque siempre estamos tratando consciente o inconscientemente de llevar una vida basada en ideales de perfección influenciados por todo lo que se presenta en las redes sociales y en los medios de comunicación, que si tenemos que estar delgados, que si tenemos que vestirnos de alguna manera, que si debemos tener este tipo de coche, etcétera, un sinfín de estereotipos mostrados como la imagen de la perfección moderna.
Pero al final de todo esto ¿cómo nos sentimos? Nos sentimos exitosos por fuera, pero vacíos por dentro, inclusive, aunque se logren esos ideales, siempre nos sentimos insatisfechos y queremos más y más.
Miercoles de Ceniza
Precisamente es ahí donde entra lo maravilloso de este día, el miércoles de ceniza, porque nos hace tomar una pausa de lo mundano de la vida, porque esa ceniza que nos ponen representa el polvo de nuestras mascaras al caer, es nuestra fragilidad y vulnerabilidad que se desprenden de nosotros, es el momento donde entramos en un encuentro con nosotros mismos, sin presiones, sin exigencias, todo al natural, tal y como somos, con nuestras virtudes y con nuestros defectos.
Al momento de recibir las cenizas, Dios nos hace sentir libres, Dios nos acepta y nos abraza, así como somos y nos dice “conviértete y cree en el evangelio”, nos regala la verdad, nos libera de la mentira.
Pero ¿Por qué necesitamos a Dios? ¿Por qué necesitamos ese abrazo de Dios? Yo tengo mucho trabajo, demasiadas actividades, yo no tengo tiempo para Dios, he escuchado decir.
Tenemos que empezar por reconocer que somos criaturas de Dios. Una criatura es alguien que ha sido creado por otro.
Nosotros hemos sido creados por Dios “Entonces Yavé Dios formo al hombre con polvo de la tierra, luego soplo en su nariz un aliento de vida y el hombre tuvo aliento y vida” (Génesis 2,7) Dios no nos hizo de oro ni de acero, nos hizo de barro.
El barro es frágil, pero en manos de Dios es capaz de contener su propio aliento.
La ceniza nos devuelve a ese “estado de fabrica”. Cuando nosotros decimos que no tenemos tiempo para Dios, no es falta de espacio en la agenda, creemos bastarnos a nosotros mismos, nos estamos queriendo poner al mismo nivel de él, estamos tratando de crearnos y de modelarnos a nosotros mismos, nos exigimos que todo sea perfecto.
Querer ser el creador de nuestra propia imagen es la versión moderna de la “Torre de Babel”.
Es ahí entonces que el punto de partida de nuestra desesperación se hace presente.
Nos encadenamos a un éxito que se disfruta a solas, pero que nos deja el corazón seco.
Perseguimos metas de plástico y nos olvidamos de lo que es de carne: la familia. Si somos barro, el barro necesita contacto real, no digital.
Con la ceniza reconocemos que somos polvo y ese reconocimiento no es una humillación, es una ubicación, es un signo de humildad en el corazón.
La humildad no es sentirse menos, es dejar de mentirse, es bajar la guardia y quitarnos esa mascara para poner los pies en la tierra y poder decirle a Dios aquí estoy, soy yo, de carne y hueso, no esa estatua de perfección, abrázame, te necesito a ti, necesito de los demás.
Esa humildad, oculta tras la máscara, nos vuele reales y nos hace más capaces de amar porque somos nosotros mismos, porque somos libres.
1.- Oracion
En un mundo donde lo que no se publica parece no existir, la idea de lo secreto es revolucionaria. Sin embargo, en el Evangelio del día de hoy, se presenta una clave maestra: “Tu Padre, que ve en lo secreto, te premiará”. Es la cura definitiva contra la “Torre de Babel” de nuestra propia imagen.
Entonces una vez que aceptamos que somos de barro y entramos en contacto con la humildad, pasamos del ruido externo hacia la paz y el silencio interior, ingresamos al punto de partida de este maravilloso viaje de 40 días, nos encontramos directamente con los grandes pilares que serán el motor de nuestra experiencia espiritual, la oración: en lo secreto, el ayuno: de la mirada ajena y la limosna: el amor real.
En este momento ya no eres una estatua de perfección, eres tú mismo en unión con Dios, ustedes dos solos.
Es el momento de soltarlo todo ante Dios: lo que agradeces, lo que te duele y lo que has logrado. Sin guiones, con tus propias palabras. Hazlo en silencio si quieres, en privado, en la iglesia, en tu cuarto, donde estes en estos momentos. Guarda silencio.
Deja que en ese vacío aparezca todo lo que cargas: tus preocupaciones, tus rencores, la paz que le falta al mundo o el nombre de ese familiar que ya no está. No hay filtros en lo secreto, sin límites, no te canses de pedir. Dios quiere que le pidamos lo que nos haga falta.
Dile todo lo que quieras como se lo dice un niño a su padre o a su madre, con esa confianza, con esa apertura de corazón, con esa esperanza, con esa seguridad de que te escucha. Esa confianza transforma la oración en un refugio, un lugar donde no necesitas ser perfecto para ser escuchado.
2.- Ayuno
Es el momento de pasar al ayuno, pero ¿qué es el ayuno? El ayuno no es una dieta para el cuerpo, es una huelga contra los caprichos. Esa huelga contra los caprichos nos entrena; nos recuerda que el alma es más grande que nuestros antojos y nos une, en silencio, al sacrificio de Cristo.
Es dejar de alimentar lo que nos distrae para que el alma, por fin, sienta hambre de Dios.
En esencia, esta práctica no busca hacer sufrir al cuerpo sino liberar el corazón de dependencias para volver a poner a Dios en el centro de nuestra vida.
El ayuno lo podríamos entender también en este mundo moderno como dejar de alimentar el ego, es decir, dejar de buscar la aprobación constante y al mismo tiempo dejar de estar evaluando y juzgando a los demás.
3.- Limosna
Por último, tenemos el tercer pilar de la cuaresma que es la limosna, pero que no se entienda como dar lo que nos sobra, sino simplemente dar, pero con amor. Convivir con los demás, tener ese contacto humano y dejar las pantallas.
El amor real no necesita “likes”, el amor real es el servicio al otro. Imagina cambiar 15 minutos de “scrolling” en el teléfono por 15 minutos de una llamada telefónica para saludar a algún familiar o amigo, o mejor aún, pasar a saludarlo en persona.
¿Serias capaz de hacerlo hoy sin que nadie se entere?
La marca de ceniza en la frente se borrará con un poco de agua antes de ir a dormir, pero la libertad de aceptarnos frágiles debe durar toda la Cuaresma.
Este Miércoles de Ceniza no es un día para hundirnos en la culpa, sino para reclamar un derecho olvidado: el permiso para dejar de ser perfectos.
Al soltar la máscara y la obsesión por la imagen, no nos quedamos vacíos; nos quedamos reales.
Es en esa realidad de barro, sin filtros ni guiones, donde Dios por fin puede abrazarnos.
Que estos cuarenta días no sirvan para intentar esculpir una estatua de perfección, sino para dejar que el Creador sople vida sobre el polvo que ya somos.
Al final, no somos lo que aparentamos ser, sino lo que Dios ama en el silencio de lo secreto.
